Nudos y desenlaces

Cuando era pequeña solía pensar que llegaría un día en el que todo sería perfecto. Creía que, como en las películas, en la vida hay un planteamiento, un nudo y un desenlace a partir del cual ya todo va siempre bien. Una etapa en la que ya no hay nada que solucionar, ni averiguar, ni nada por lo que pelear.

“A partir de ese punto y aparte ya sólo tendré que cosechar lo sembrado y disfrutar de la vida”, pensaba.

No, no pensaba en la jubilación. Cuando uno es joven nunca piensa en la vejez, y cuando comienza a hacerlo, sin duda hay que empezar a plantearse la posibilidad de que uno ya no es tan joven.

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Entonces imaginaba, no sé por qué, que ese momento llegaría entre los 20 y los 30 años, esa década en la que se supone que tomas la clase de decisiones que te cambian la vida. Escogería el trabajo de mis sueños (no, no serían las empresas las que me escogerían a mí de entre un montón de candidatos nerviosos y sudorosos en un sala de espera). Encontraría al amor de mi vida, que me querría de la misma manera que yo a él, y tendríamos hijos y una casa bonita y un perro (o gato).

Ahora que ya me encuentro inmersa en esa gran década prodigiosa con la que soñaba de pequeña, a veces me da por pensar que qué inocente era. Otras, que qué optimista. Pero la mayoría de veces creo que estaba bastante equivocada.

De pequeña, aunque la vocación me encontró relativamente pronto, no pensaba en eso de ir a la universidad. No me planteaba que las casas se compran con dinero y que quizás el trabajo de mis sueños no me proporcionaría el suficiente como para tener una casa, o un perro, o cinco.

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En lo del hombre de mi vida estaba todavía más perdida. Porque sí, lo confieso, entonces no pensaba en otro final para mi película que no fuera ese: yo llegando de trabajar a un hall semi iluminado donde me esperara un marido presente y un par de ruidosos niños. Que no es que ahora sí lo haga. Que no es que no quiera todo eso pero tampoco es que lo desee a toda costa, por encima de cualquier otra cosa.

La cosa es que las prioridades han cambiado. Los tiempos, también. Con el dinero con el que mis padres se compraron su primer piso, a mí ahora no me daría ni para la entrada de un cuchitril. Mi profesión es mi vida, escribir mi gasolina, pero ya veis, ser millonario es mucho más difícil cuando uno tiene talento e ideales al mismo tiempo.

Al amor he dejado de buscarlo, porque creo firmemente que no hay que encontrarlo. Él tampoco te encuentra a ti. Hablar de amor, para mí, es como hablar de la explosión de una galaxia a millones de años luz. Que sí, que sucede muy a menudo. Que sí, que todos lo vemos todos los días. Pero a mí me sigue pareciendo igual de milagroso y fortuito que dos personas se enamoren y se entiendan (más lo segundo que lo primero). Y bueno, a lo que iba, las explosiones no se buscan ni te encuentran, suceden. Y ya está. El que las espera, desespera. El que sabe como mantener su fuego encendido, tiene muchas papeletas para ser feliz en esta vida.

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Sea como sea, con los años aprendí que existen libros capaces de erizarme la piel tanto como algunas caricias. Que hay vocaciones que te hacen replantearte relaciones. Que hay relaciones que te hacen replantearte lo que es el amor. Que hay amores que hay que dejar marchar porque nunca, bajo ningún pretexto, hay que conformarse con un “es mejor que estar sola”.

No. Estar sola es mejor si no hay acompañante que esté a la altura, incluso si lo hay pero con él no estallan explosiones sino tormentas de nieve.

No. No es de soñadores ir a por los sueños. Es de valientes, sobre todo si son de esos sueños que a corto plazo no implican dinero fácil. Si son de los que no te resignan a llevar una vida que es a la vida real, lo que las albóndigas en lata a la paella de tu abuela.

No, la vida no es un planteamiento, más un nudo, más un desenlace. Hay puñados de cada uno. A veces por cada nudo hay mil desenlaces posibles, y por cada desenlace mil nuevos planteamientos.
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Vamos, que lo importante de los veintitantos (y del resto de las décadas que no empiezan por 1) es darse cuenta de que la vida nunca se llega a solucionar. Que siempre habrá un palo en la rueda o una pestaña en el ojo. Un trabajo coñazo o un amor complicado.

Lo bonito es aprender que son esas notas discordantes las que nos mantienen atentos a la melodía, las que nos hacen afinar al máximo para que, al final, la canción, la película, el cuadro o cualquiera que sea la obra de arte en la que queramos convertir nuestra vida, no quede mal del todo. Para que quede bien bonita aun con tachones y desafines (y metidas de pata como castillos).

Porque sí, yo de pequeña quería un descapotable rojo y casarme a los 23, pero creo que si me hubieran preguntado, hubiera estado de acuerdo en querer ser, ante todo, una adulta feliz. Una persona con nudos, planteamientos y desenlaces.

E ideas. Y sueños. Y buenas compañías.

Alguien con pasado, presente y futuro.

Alguien, no sé, quizás alguien como yo.

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18 respuestas a “Nudos y desenlaces

  1. Tú lo has dicho, las prioridades cambian. Y con ellas, nosotras mismas. Lo que ayer nos parecía importante, hoy no lo es tanto. Pero lo bueno es saber adaptarse, saber buscar nuestra motivación real en cada momento, y no dejarnos llevar por sueños del pasado o por ideas externas,

    Feliz semana guapa 😉

  2. Si son de los que no te resignan a llevar una vida que es a la vida real, lo que las albóndigas en lata a la paella de tu abuela. jajajajajajajajaja no puedo de verdad. Como se pueden tener estos puntazos?! Mil o dosmil veces de acuerdo en todo

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