Las mujeres de mi vida

Son dos. Y no pueden ser más distintas. Las dos son yo, pero a veces siento que no soy ninguna. Ninguna es completamente yo, pero las dos son mis favoritas.

Una es fuego, ansia, ganas de correr. Es fan de anticiparse a la vida, de hacer invisible lo malo y convertir los detalles en protagonistas. Le gusta decir lo que piensa y no tiene miedo de ser lo que es. A veces grita cuando quiere llorar, y llora cuando no le sale hablar y solo puede, tristemente, callar. Y es que ella no se calla porque hace mucho tiempo que aprendió que se merece hablar, que su garganta tiene alas y nadie las puede cortar.

Es tan fuerte esa leona que no le importa cortarse la melena de vez en cuando. Disfruta viéndola crecer como se disfruta viendo el verde brotar de nuevo tras un incendio provocado. Ella es así: genera pequeñas hecatombes a su alrededor, crea un drama, como quien escribe un libro, y después lo resuelve porque no le gustan las incertidumbres, ni las cosas inconexas, ni los finales sin punto. Y lo hace todo con la decisión de quien sabe por dónde camina y hacia dónde va.

Pero hay otra “ella”. Son dos, las mujeres que me habitan. A veces se quieren, y a eso en mi universo se le llama paz. Otras se odian, se contradicen, se rebaten. Se llaman estúpida la una a la otra. Porque mientras una es seguridad, la otra es toda indecisión. Es insegura hasta la médula y es adicta a las preguntas.Pero, paradójicamente, cuando algún asunto inconcluso araña su estabilidad, prefiere suponer en vez de preguntar. Y supone, supone, supone. Y pregunta, pregunta,, pregunta. Se pregunta acerca de todas las respuestas menos la que solventaría el rompecabezas. Esa no le interesa, esa ya llegará. La línea recta es aburrida, los retos son circulares y ella ama los círculos. Las idas y venidas. Los embrollos que, como problemas de matemáticas, se sabe que siempre tienen solución aunque uno pueda no encontrarla jamás.

En el fondo ellas no son tan diferentes. En el fondo son la misma. Ellas me odiarían si leyeran esto, pero ambas son árboles en el mismo bosque. La una no podría ser sin la otra igual que la luna no puede ser sin el sol. Una es la luz que alumbra la oscuridad, la otra es la oscuridad que le extrae el sentido a la vida, que con su zozobra emocional alimenta a ambas. Y así, juntas, llevan, llevamos, creciendo dos décadas y ocho años de propina. Ocho, que siempre fue nuestro número mágico. Ocho, que tumbado equivale a infinito. E infinitas somos, porque nos queremos. Las quiero aunque a veces se odien. Las quiero porque cada vez que no se quieren, me obligan a quererme un poco más.

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