El cuaderno con candado que guarda historias importantes

Domingo tarde. Estoy sola en casa y rebusco en los cajones. No me parece una obviedad aclarar que sé lo que estoy buscando, pues la mayoría de las veces que rebusco en algún sitio (o en mí) no sé lo que quiero encontrar.

Rebusco solo un poco más y ahí está: el cuaderno con candado que guarda historias importantes. Todo lo realmente bueno y lo realmente malo que me ha pasado en mi vida (en otras palabras, lo realmente trascendente) reposa entre esas páginas tan finas como el papel de fumar.

Lo abro. Huele como siempre, pero yo me siento diferente. Diferente a todas las otras veces en que lo abrí. Me siento igual, pero mejor. Vamos, diferente. Cojo un boli de tinta azul, porque el azul era el color de las respuestas de los deberes y lo que quiero escribir es la respuesta a todas las preguntas que ha contenido el cuaderno hasta ahora.

Quiero escribir nuestra historia. Escribirle. Recapitular y dar las gracias. Dejar constancia en mi rincón de letras especial de que él existe. Siempre he afirmado que si algo no está escrito entre esas páginas es que todavía no es real para mí. Pero no, eso no es así, no hay nada más real que él, que nosotros, aunque a veces aún no me crea que la suerte me haya llegado así, por sorpresa y con bote acumulado. 

En fin, que no puede ser. No doy crédito a que en este tiempo no se me haya ocurrido rebuscar antes en busca del cuaderno para encontrarlo y decirle que ya no tiene que aguantar más letras envenenadas, ni esperanzas que terminan siendo falsas. Que ya se terminó todo, que ahora solo habrá canciones y corazones de los que no se parten por la mitad.

No lo he hecho todavía. No sé por qué no lo he hecho. Pensaría que, quizás, he estado demasiado ocupada viviendo en lugar de escribiendo. Pero no, no me cuadra: para mí vivir y escribir son la misma cosa. No sé por qué no lo he hecho, pero voy a ponerle remedio.

Apunto con el boli y disparo silencio. Hueco. Blanco. No se me ocurrir qué escribir. No sé cómo empezar a abarcar esta cosa relevante, sin duda merecedora (más que ninguna otra) de estar en el cuaderno con candado. Echo la vista atrás y releo otras historias buscando una explicación. Todas relatan momentos importantes de mi vida. Momentos malos, en su mayoría, porque siempre me ha parecido más importante guardar los fracasos para enfocar bien las victorias. También hay momentos buenos, aunque muchos se esfumaron prácticamente con el giro del candado del cuaderno y su vuelta al cajón desastre. Todos cuentan una parte de mi historia. 

Lo tengo. Ya sé por qué no puedo escribirle ahí. Todas las letras anteriores cuentan una parte. Él cuenta la historia entera. Sí, es eso.

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No sé cómo explicarlo sin que suene pretencioso, sin que suene romántico o exagerado. Sin que parezcan palabras vacías. Me he pasado la vida haciéndome preguntas: él es la constatación de que todas ellas eran una misma, porque él es la única respuesta. Por eso lo demás eran partes y él es la historia entera. Nosotros, quiero decir. Porque la historia termina cuando las dudas se resuelven, y entonces empieza otra. A veces mejor, a veces peor. La nuestra, por cierto, es insuperable. 

Por eso no puedo escribirnos en este cuaderno. No puedo mezclar una historia con otra. No puedo intentar explicar lo que siento, lo que me hace por dentro, lo bello que es todo por todas partes, en las mismas páginas en las que diseccioné el dolor, cuestioné mi corazón y abracé tinieblas. No sería justo para las tinieblas, y mucho menos para nuestro sol.

Rebusco de nuevo. Esta vez no sé lo que estoy buscando, pero encuentro (¿sin querer?) un bolígrafo negro. Negro era el color de las preguntas en los deberes. Cojo el azul, de nuevo, y paso todas las páginas en blanco que ya nunca serán escritas hasta llegar a la última. Escribo su nombre en ella. Al fin y al cabo, sería terriblemente cruel dejar tantas preguntas sin su respuesta. Cierro el cuaderno con candado que guarda historias importantes y dejo la llave en un lugar que solo pueda encontrar si rebusco sin saber lo que busco.

Dejo el boli negro sobre la mesa. Quiero escribir todo lo que nos ha pasado, el bien que le hace a mi vida, la felicidad en mayúsculas que representa para mí. Quiero explayarme y derrochar belleza en una historia nueva, inmaculada como él. Quiero escribirla en negro para que sea una pregunta de la que él siempre sea la respuesta, para dentro de muchos años volver a escribir su nombre en azul en la última página.

Domingo tarde. Estoy felizmente cansada, pero todavía quiero más. Creo que voy a tumbarme y a esperarle, que es lo segundo más feliz de mi mundo después de estar a su lado.

Necesito un cuaderno nuevo. Sin candado, para que puedan volar los sueños.

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