Vapor y hielo

Como aquella gota que pendía de una hoja, que brotaba de una rama, que vivía en un árbol, que crecía en una calle, que formaba parte de una ciudad, que sobrevivía en un país, que se perdía en el mapa de un mundo, que era solo una mota de polvo en el universo.

Así exactamente me sentía aquella tarde. Era el primer día que me daba cuenta de que el verano se había acabado. Puede que el calendario no dijera lo mismo, pero la playa y las vacaciones ya quedaban a años luz para mí. Las ineficaces distracciones (pero distracciones al fin y al cabo) habían cesado. Septiembre lo alargaba todo con sus precoces sombras y sus gélidas brisas. A veces aún hacía calor, pero para mí ya todo era otoño. Y el otoño, desde siempre, había sido para mí una época en la que reconciliarme con mi verdad de dentro sin ningún tipo de excusa y sin paliativos.

Recuerdo que la noche anterior había llovido ferozmente y a la mañana siguiente, aun con un tibio sol reinando en el cielo, nada ocultaba el caos que acababa de vivirse en la ciudad. Semáforos averiados, coches abollados, paraguas rotos salpicando las calles, árboles empapados… Y aquella gota. Aquella minúscula gota deslizándose por el verde verdísimo de la hoja de un árbol.

Aquella gota era como yo. Toda la ciudad era como yo, en realidad. Con el sol fuera pero con el recuerdo mojado de la última tempestad vivo, demasiado vivo. Todo: el semáforo roto y sus consecuencias sobre la normalidad del tráfico; los abollados capós de los vehículos, que habían tenido que soportar demasiado peso; los paraguas inservibles, insuficientes, abandonados… Todo a mi alrededor era una metáfora de mí misma. El vivo retrato de cada una de las fases a las que me había enfrentado en los últimos tiempos.

Todo, pero sobre todo esa gota. Esa minúscula gotita de agua pendiente de un hilo hecho de su propia materia. Un hilo que la sujetaba a una hoja brillante que, como ella, era parte del problema y de la solución. La hoja la sostenía y, a mismo tiempo, la iba a dejar caer. La gota había sido parte de la furiosa tormenta y, al mismo tiempo, era solo una gota a punto de caer a un charco que se evaporaría en unos días, se condensaría en el aire y subiría a las nubes para volver a llover.

Sí, era esa gota. Completamente esa gota. Ya no era un paraguas roto, ni un capó abollado. Era una gota brillante dispuesta a seguir cayendo, a evaporarme, a ser nube, charco, hielo, lluvia y arcoíris. Así era: una gota en una hoja, en un árbol, en una calle, en una ciudad, en un país, en un planeta, en el inacabable Universo.

¿Por qué había sentido que necesitaba agarrarme al pasado (que bien podría haber sido la hoja verdísima de un árbol empapado) para seguir existiendo? ¿Qué problemas me habían traído hasta allí? ¿Por qué me habían parecido tan importantes? Desde luego, no lo eran. Al menos no mientras siguiera recordando que no, pase lo que pase nunca fui, nunca somos barcos varados, ni muros inertes, ni paraguas rotos, ni coches susceptibles de ser desguazados.

Somos gotas, somos océano, somos agua que corre todo el tiempo. Agua que nunca se estanca y que nunca olvida, pero olvidar no le hace falta para seguir corriendo. Nunca lo olvides. Puedes ser vapor o hielo, pero siempre eres. Y estás vivo. Y sigues tu curso. Y en tu curso, igual que el agua en las nubes, siempre llegarás al cielo.

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