La desconocida de la casi permanente que me robó la mirada (y el corazón)

La vi nada más tomar asiento en el autobús. Supe que le iba a escribir esta historia en ese preciso instante. Estaba sentada en su propia silla, en ese hueco especial de los autobuses reservado para personas que no necesitan andar para viajar lejos.

Tenía el pelo corto, cano y formando unas suaves ondas que tenían toda la pinta de haber sido una cuidada permanente algún tiempo atrás. Su cara estaba completamente labrada de historias, aunque los despistados dirían que eran arrugas. Lo que más recuerdo, sus ojos. Estaban muy abiertos, como los de un bebé que lo ve todo por primera vez, solo que apuesto a que ella lo tenía todo ya muy visto. O no. Quizás ella es una de esas personas con la extraordinaria habilidad de ver algo nuevo en todo lo viejo.

Vestía cómoda y pulcra, creo recordar. La mayor parte del trayecto me lo pasé buscando secretos en su rostro. En su mirada, que iba y venía. De su hija, sentada enfrente de ella en una silla de autobús común y corriente, a la ventana. De la ventana a mí, que no le quitaba ojo (de verdad, es que era muy difícil hacerlo). Y así seguía, viajando sus ojos por el espacio y el tiempo. Fijando su atención en cada detalle sin expresión aparente. Hablando solo entre pestañas porque su hilo de voz ya no le servía para decir lo que tenía que decir.

No sé por qué, pero la imaginé de joven. Con la piel lisa y la melena brillante. Con una niña pequeña que ahora ya no cumplía los 50. Con sueños, fracasos y carros de momentos de todo tipo a sus espaldas. Pensé qué diablos le queda a una por pensar a esas alturas de la vida. Cuando ya lo ha vivido todo y solo queda esperar a que llegue la nada. Cuando tus hijos te aparcan en tu silla de ruedas y se sientan enfrente en sus asientos normales pero la voz ya no te llega para decirles que hay que ver qué calor hace o que qué bonita está la plaza en verano.

Qué queda por esperar cuando ya nada externo importa y te quedas sola contigo misma. Cuando miras las piernas ágiles de las chicas jóvenes como si fueran el mayor de los tesoros. Las piernas, ya no los pechos, ni la cintura, ni el color del tinte. Las piernas.

No sé lo que le quedará a ella, pero a lo mejor es algo parecido a la seguridad de haberlo intentado todo y haberse perdonado por lo que no le dio tiempo, o no tuvo la oportunidad. o no se atrevió. Quizás se asemeja a la emoción de aprender un nuevo poder: hablar con los ojos. O a la paz de abrazar cada momento, de estudiar tu ciudad como si fuera la primera vez que la ves. O a la serenidad de cerrar un círculo, de volver a ser un poco bebé asustado porque otra vez se avecina un camino nuevo e incierto, pero esta vez nadie puede contarte cómo será.

No sé lo que pensará ella, pero yo creo que lo que le queda es la capacidad de atravesar la mirada de personas como yo, que todavía vivo en la inopia de envidiar pechos en vez de piernas. Que ando cada día sin pensar en el milagro de la coordinación. Le queda dejarme una huella que nada a lo ancho y largo de mil redes sociales podría lograr.  Le queda mi admiración, de la que nunca se enterará ni creo que le sirviera de mucho, porque adivino las batallas detrás de sus surcos y la alegría detrás de su tristeza. Y qué difícil debe de ser conservar algo de vida cuando has creído morir tantas veces.

Seguro que no soy la única. Seguro que esa mujer es la advertencia más bella que muchas personas de esta ciudad han visto. El tiempo pasa, la vida corre y te deforma el cuerpo, una casa en la que solo somos invitados. Pero los recuerdos quedan, dejan huella incluso si la memoria falla. La fuerza que hay detrás de una mirada permanece y puede viajar tan lejos como el par de piernas más fuertes de la historia. La emoción, el cariño, los pequeños gestos. Todo eso te acompañará siempre si te lo montas bien. Si por cada vez que te sientes morir te inventas una vida nueva. Si no haces el tonto y no pierdes lo vista lo importante (y qué complicado es eso a veces en este mundo de premeditadas distracciones).

Pues eso, qué queréis que os diga, eso —sorprenderse con lo mil veces visto, sonreír con la mirada, asumir la tristeza, conservar la alegría— me parece haber ganado. Y cuando una lo da todo y lo gana de vuelta, supongo que solo puede seguir caminando en paz a donde sea que el sendero lleve.

 

 

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