Cuando Harry miró a Meghan

Hace unos días hubo una boda real. Real de realeza, no de realidad. La realidad es otra cosa: todos tenemos una y, aun sin quererlo, juzgamos la de los demás. En este caso, el juicio popular a la realidad de la boda real fue positivo, lo cual me extraña pero me alegra. A medias. No hubiera sido raro encontrarnos diciendo que la novia estaba demasiado seria, o que el vestido era demasiado soso. Pero no fue así. Meghan triunfó y cautivó los corazones de millones de telespectadores.

“Parecen tan enamorados”. “Fíjate cómo la mira Harry”. “Está radiante”. “Seguro que van a ser muy felices”.

Por una vez en mucho tiempo, no hubo suspicacias, ni acusaciones de postureo. Por una vez la gente se creyó el cuento y su correspondiente final feliz.

¿Por qué?

Quizás porque cuando el amor es de verdad, se nota. Porque no hay nada más imposible de falsificar que unos ojos que piensan: “Dios, si le quiero más reviento”. Lo realmente verdadero es inimitable, inconfundible. Y eso, en un mundo repleto de relaciones que se disfrazan de amor pero son dependencia, inseguridad, celos o compañía, deja huella. Impacta. Y abre los ojos un poco.

Quizás, aunque me da pena pensarlo, el porqué de tanta sorpresa y tanto revuelo por ver a dos novios casándose absolutamente enamorados, fuera el vacío. El vacío de algunas personas al mirar al otro extremo del sofá y no ver a un Harry derretirse por sus huesos, sino a un plebeyo que ya ni fu ni fa.

¿Por qué? ¿Por qué a estas alturas de la película algunas/os siguen creyendo en príncipes y princesas azules que les rescaten del hastío de sus propias decisiones?

¿Por qué se mantienen cerca de personas que no las miran como Harry miró a Meghan? ¿Como todas las parejas de novios recién casadas o a punto de casarse deberían mirarse?

No tendría que ser así. Nadie con pareja tendría que derretirse de amor mirando una boda real en un televisor, sino mirando a los ojos de la persona con la que comparte cama cada día.

Nadie sin pareja tendría que sentirse menos importante por el hecho de no tener un Harry, ni un plebeyo, ni nadie con quien compartir cama.

Porque el secreto de cualquier pareja feliz (sean príncipe y princesa. contable y reponedor, bombero y abogado o profesora y barrendera) es que esté formada por dos personas felices. Ojo, felices de haberse conocido, felices, felicísimas juntas, pero felices también por sí mismas. Porque yo no conozco a Harry ni a Meghan, pero estoy segura de una cosa: si son capaces de mirarse con tantísimo amor, es que ese amor ya lo llevaban dentro antes de conocerse.

Así que ojalá todos pudiéramos estar satisfechos con nuestro cuento (que por cierto, en la vida real los cuentos no solo tienen un final, si no muchos). Y ojalá tú, en el final que te toca ahora, seas muy feliz y te estés poniendo ciego a perdices con tu familia y amigos. O mejor a gazpacho, que apetece más.

Y ojalá, si aparece en tu camino un príncipe o princesa de los de a pie de calle, no haya mirada de amor retransmitida por la tele que pueda hacerte soñar con un amor más bonito que el vuestro. Y ojalá que si lo que toca es un sapo, sepas que ningún beso lo convertirá en rey de tu corazón y que, por más que sea un topicazo, más vale estar “sola/o” que mal acompañada/o.

Y es que lo más bonito del mundo sería que los ojillos melosos de Harry y la sonrisa enamorada de Meghan nos hicieran creen en el amor, que no envidiarlo. Que nos provocara alegría que exista porque genera en el mundo la misma clase de buena energía que el amor propio. Porque al final, el amor es amor, y no importa tanto hacia quien se dirija sino lo grande que sea. Y un amor grande, inmenso, de miradas abismales y sonrisas inconmensurables (hacia el espejo o hacia otros ojos) es una buena noticia siempre.


 

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