Felicidad (versión real)

El primer cumpleaños que pasé a su lado fue el día que le conocí. Estaba tan nerviosa que beber de mi copa se convirtió en un tic incontrolable. El resultado, os lo podéis imaginar. Sí, me emborraché de vino, pero también de unas cuantas cosas más. Su sonrisa, que parecía todavía por estrenar, como si hubiese estado aguardándome toda la vida. Los sabores, incluido el de sus labios. Sobre todo el de sus labios. La noche de verano, con su mágico halo y su humedad sacando a bailar a los aromas de todos los árboles y plantas de la ciudad.

Volví a casa ebria de alcohol y de vida. Lo primero por suerte nadie lo notó. De lo segundo creo que se percataron todos. Lo que no sabían es que ni un sueño reparador, ni un resopón de pizza, ni una doble dosis de Ibuprofeno acabarían con mi resaca de vida.

El segundo cumpleaños que pasamos juntos surcamos el Mediterráneo en busca de delfines. ¿Y en el tercero? En el tercero hubo un eclipse lunar. Estrené un vestido de flores que acabó en la arena de la playa mientras nos bañábamos en el mar, con media luna mirando de reojo, roja de tanta vida. De tantos sueños flotando en el aire.

Recuerdo mis últimos cumpleaños con la misma felicidad con la que los viví. Recuerdo esos días felices, y no otros, porque soy de esas personas que le dan un valor simbólico al azaroso día del calendario en que nació. Suelen ser, para mí, días de introspección y celebración a partes iguales. Por eso recuerdo también perfectamente que, en todos esos momentos felices, felicísimos, había problemas de fondo. Nubarrones en el horizonte que amenazaban lluvia. Batallas varias que estaba librando y otras que sabía que tenía que librar. Como se suele decir, la perfección no existe. La felicidad plena es un mito de libro de auto ayuda, ¿verdad?

Pero yo recuerdo perfectamente haberme sentido plenamente feliz ese primer día. Aun con problemas, aun con obstáculos. En ese barquito rodeada de azul. En esa mágica noche de media luna. ¿Cómo es posible? Tenía preocupaciones, pero borracha de vida y de amor, decidí aparcarlos. Decidí controlarlos y no dejar que me aguaran la fiesta. Me sentí como con un súper poder y decidí nunca más dejar de ser feliz por tener motivos para dejar de serlo.

Lo cierto es que siempre pensamos en la vida como el continente y en la felicidad como un posible contenido. El contenido deseable. Pero luego puede haber tristeza, rabia, decepción, envidia, frustración, enfermedad, miseria y tantas otras cosas más. Por lo general, creemos que la existencia de una sola de estos habitantes indeseables en nuestra vida aniquila fulminantemente a la felicidad.

Pero, ¿y si la felicidad fuera el continente y la vida el contenido? La felicidad entendida como una manera de vivir. No como una constante, sino como una lucha en tu propio nombre y en el nadie más. Como la aceptación, por fin, de que en la felicidad también caben cosas malas y, mientras gane lo bueno, esa felicidad no te abandonará jamás.

Hacer que lo bueno gane es el verdadero reto. Un verdadero talento que nada tiene que ver con la suerte que te toque. Lo he visto en personas con males incurables, con problemas insalvables. El talento de hacer que la felicidad retenga las piedras del camino aliándose con ellas puede ser innato o cultivarse, pero quien lo tiene, tiene un tesoro. Quien tiene al lado a quien se lo recuerda, también.

No es fácil hacer que siempre gane el sí, la luz, la vida. A mí me ayuda mirarme al espejo. Mirarle a los ojos. Mirarme la cicatriz.

Me sirve improvisar destinos en rotondas si él conduce.

Me vale haberle conocido, porque aunque desapareciera mañana, dejaría conmigo esa enseñanza: no hay nada lo suficientemente malo para dejar que gane la oscuridad. La felicidad es un camino con baches, pero no por ello deja de haber un camino.

 

 

 

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3 respuestas a “Felicidad (versión real)

  1. Wow me encantó todo lo que escribiste. Me fascina la idea de la felicidad como continente y no como contenido y tienes toda la razón, hay tantas personas pasándolo muy mal pero confesando que nunca se sintieron más plenos y más felices en momentos de mayor dificultad.

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