Metamorfosis

“La gente no se conoce a sí misma”.

Era su veredicto y explicación a todo cuanto le sucedía a las personas que tenía a su alrededor. Gente angustiada, decepcionada o temporalmente infeliz (en los perpetuamente infelices, ni se paraba a pensar). Gente que iba por ahí hablando antes de pensar, preguntando antes de preguntarse, escuchando antes de escucharse. A veces se cuestionaba si sufría de un egocentrismo sin remedio, pero al final siempre terminaba dudando del sentido peyorativo del término. ¿Por qué pensar en uno mismo, en la propia felicidad, era sinónimo de ser mala gente?

Ella pensaba mucho en sí misma. Le gustaba darse vueltas y mil vueltas aunque supiera que, la mayoría de las veces, eso implicaba terminar en el mismo punto de partida. Se conocía mucho a sí misma, desde luego. O eso pensaba hasta que la vida le desmontaba las preguntas y las respuestas y la colocaba allí, al borde de un acantilado al que había llegado, o eso creía ella, a través de un floreado y hermoso camino que de primeras auguraba una playa en calma.

Siempre se había sentido alta con respecto al resto de la gente, a pesar de habitar en un cuerpo de 160 centímetros. Veía las cosas desde arriba, como una pacífica e inofensiva jirafa asomada a una duna en plena sabana africana. Sin embargo, la altura media de 6 metros del animal no siempre le resultaba suficiente. A veces le hubiera encarnarse en la mismísima Torre Eiffel. O mejor aún, en una jirafa en lo alto de la Torre Eiffel.

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Pero no era nada de eso y, para ser sincera, a veces ni los tacones de 15 centímetros le hacían sentirse todo lo alta que quería, que necesitaba. Desde su aventajada posición aún había tantas cosas que no podía ver, que no podía alcanzar… La mayoría,sospechaba ella, no se proyectaban hacia delante sino hacia dentro, como las capas de una cebolla. Creía haberse quitado ya muchas partes inservibles pero, como en “El Caballero de la Armadura Oxidada”, aún podía notar algunas partes del yelmo y del resto del pesado traje en su cuerpo.

– “Te falta lo más importante -le había dicho una vez un buen amigo-. Dejarte ser más. Si tanto te conoces y te gustas… ¿Por qué te retienes? ¿Por qué te limitas si nadie más lo hace?”

Y no le faltaba razón. No era Julieta Capuleto, ni Rose Dewitt Buckater en el principio de “Titanic”, ni una princesa encerrada en lo alto de la torre de un palacio árabe. Podía dejarse ser, como si nadie estuviese mirando. ¿Cuántas personas lo hacían?

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Podía reconocer(se) que perseguía un Amor en mayúsculas, ante todo. Que no siempre se sentía tan alta como decía y, en muchas ocasiones, se sentía más cómoda sentada a la sombra del naranjo del jardín de la casa del pueblo, sin hacerse preguntas que fueran más allá del argumento de algún polvoriento libro de la biblioteca. Podía reconocer(se) que la felicidad para ella no era otra cosa que una paella humeante con extra de romero en un día de verano en familia. Un paseo por el campo en bici, que no era un New Beatle descapotable, pero no estaba mal. Una copa de vino al atardecer o un litro de agua al llegar de correr.

La felicidad, sin duda, se parecía más a los nenúfares de Monet, a una canción que celebrara la vida, al olor de un atardecer. Sí, era verdad. La felicidad estaba tan dentro, como fuera.

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PD. Espero que las inspiradoras chicas de ePIDEmicas critiCONAS, las culpables de este post, me perdonen por distorsionar su propuesta en esta pieza tan rara que me ha salido. Pero bueno, en eso consisten las metamorfosis, ¿no? 😉 Animal, coche, libro, canción… ¡os prometo que está todo!

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7 respuestas a “Metamorfosis

  1. ¿Perdonarte? No podemos, porque te odiamos por haber convertido la propuesta en magia.
    Mira que para que nosotras nos quedamos sin palabras…
    Eres fantástica, da gusto leerte y seguirte.

    Un abrazo.

  2. Solo el verdadero talento es capaz de metamorfosear de esta manera tan íntima y tan bella. Así da gusto. Que viva la metamorfosis, descubrirte tejiendo tintas y la madre que te parió. Un abrazo

  3. ¿sabes? justo ayer leí “El caballero de la armadura oxidada” (otra vez). Y me senté en la mesa del comedor con papel y boli a pensar en dónde estoy, a dónde quiero ir y cuál es el camino. Sé dónde estoy, sé dónde quiero ir… pero no sé llegar.
    Y en mi lío mental de dudas amontonadas leo esto, y me gusta. Es imposible no dejarse atrapar por las redes que tejes, y en lugar de estar tenso generas un ambiente comfortable y cálido. Pero (qué palabra más fea), me creas más dudas aún..
    Beso

    1. Qué casualidad! “El caballero de la armadura oxidada” es uno de mis libros de referencia, y como tú, lo utilizo siempre que tengo dudas sobre el camino.
      Y sabes? Tener dudas no es malo. Es peor saberlo todo, porque entonces se acaba el cuento. Lo mejor es tener alguna que otra certeza entre tantas dudas. Seguro que tú las tienes 😉

      Gracias!

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