Esa yo

Si fuera adolescente ahora, en 2015, no sé cómo sería, la verdad. Aunque me cueste creerlo, probablemente escucharía música en el móvil a todo trapo, modo altavoz (o lo que es lo mismo, a lo radiocasete), en lugar de hacer filigranas como las que hacíamos mis amigas y yo para llevar cada una un auricular y andar al mismo tiempo. “¡Ay tía, pero no estires!”, decíamos.

De radiocasetes sabría poco o nada si me hubiera tocado vivir mi adolescencia en la segunda década del siglo XXI. Bueno, para ser sincera, en los primeros años 2000, cuando mis 15, 16 y 17, ya habíamos pasado incluso del discman y escuchábamos lo último de El Canto del Loco en el mp3. Que ahora que lo pienso… si hubiera nacido diez años más tarde, quizás ahora me emocionaría con Auryn (o todavía peor, con Abraham Mateo) y no con “Una foto en blanco y negro”.

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Si fuera adolescente ahora no sé si sería tan respondona o más. Si me reconcomerían el orgullo y la rabia cada vez que no tuviera razón. Si me hincharía a llorar por lo mismo, por el mismo de siempre. No sé si se me haría de noche mirando el cielo, ni si llenaría libretas de letras y dibujos. No sé si pelearía por mis sueños como lo hice entonces. Quizá no me obcecaría tanto con un chico y saldría con tropecientos, que es lo que se lleva ahora. Quizá no pelearía con mi familia, quizá ni les hablaría porque estaría demasiado ocupada contestando Whatsapps. Quizá no contaría las llamadas perdidas con los dedos sin dejar de contemplar un atardecer cualquiera, quizá tuviese la cabeza agachada mirando la última hora de conexión de quienquiera que fuese (que no fueses tú). Quizás no sería yo.

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No lo sé, pero espero que sí. Porque yo estoy orgullosa de esa chica con coletas, con sombras de ojos satinadas y una cama con tantos peluches como para llegar hasta la calle si los ponía a todos en fila. Con ansia por querer, por vivir, por encontrar la felicidad a la voz de ya. Con la lágrima y la risa fáciles. Con la misma cabezonería que permanece intacta. Y ahora, en 2015, si la tuviera delante le diría que la solución a todo no era releer mil veces los ríos de tinta que escribía, ni repensar lo pensado hasta quedarse dormida, ni inventarse conversaciones en la cabeza, ni atesorar recuerdos para saber quién era.

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Si la tuviera enfrente le contaría que la mejor terapia es empezar de cero cada día. Meter todo lo viejo en bolsas y deshacerse de ellas. Pintar las paredes de casa, y las del corazón también. Cortarse el pelo, cambiarse de zapatos, de boli, de silla. Abrir los brazos a lo nuevo porque lo viejo siempre lo llevaremos dentro. Y le diría también, que aun así no pasa nada. Que llega un momento en que los recuerdos no queman, sólo dan calor. A veces lo que dan es risa, y tampoco está mal.

Y como a esa yo adolescente no la tengo enfrente, pero la tengo dentro, hoy la he mirado como si la viera y le he dicho, simplemente, que la quiero mucho.

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8 respuestas a “Esa yo

  1. Ufff… me has emocionado y todo… iba a soltar una típica tontería mía, pero no me sale. Me limitaré a darte las gracias por dejarme ver aese tú que tanto me gusta.
    Besos

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