¿Os habéis preguntado alguna vez dónde va todo aquello que perdemos? Hablo de objetos físicos. Las llaves, el carné del gimnasio, las gafas de sol, el monedero de la «chatarra». Un día los tenemos, al siguiente no. Y ya está. Irremediablemente, a los pocos días dejaremos de pensar en ellos. Los daremos por perdidos. Y sin embargo, seguirán existiendo, claro. Quizás nuestras llaves estén jugando al escondite detrás del sofá; puede que nuestra cara en el carné le esté sonriendo en este preciso momento a alguien que se lo encontró por casualidad tirado en la calle. Alguien como yo, curioso por naturaleza, que ha desterrado por completo el consejo maternal de «no cojas cosas del suelo» y no puede evitar agacharse cada vez que ve algo que brilla, algo escrito a mano o algo que no sabe lo que es abandonado a su suerte en el pavimento. ¿Quién sabe si nuestras gafas favoritas las luce ahora en la coronilla alguna vecina con la que nos cruzamos todos los días y a la que ni siquiera miramos? ¿Y el monedero de la chatarra? Ojalá lo encontrara algún niño para comprarse un buen botín de chuches.
Sea como sea, la vida sigue sin los objetos, porque sólo son eso, objetos, a pesar de que algunos nos resulten imprescindibles hasta el punto de idiotizarnos. Cuando lo que se nos pierde no tiene bordes, ni peso, ni forma, ni color, es otra cosa. Si perdemos el norte, a menudo olvidamos que también existe el sur. Si se nos va la calma, intentamos (en vano) arañar el futuro. Si derrochamos el tiempo, llega el veneno de la culpa con su infame sabor. Pero si lo que extraviamos es el miedo… ay, qué felicidad hecha alas.
Y es que hay cosas que no son cosas que todos firmaríamos por perder de vista ahora mismo. También hay personas. Todos hemos tenido una. «Llévatelo. Arráncaselo. Desclávamelo». ¿Quién no ha lanzado al aire, a no se sabe quién, un ruego como éste? Es, sin duda, un momento extraño ése en el que te das cuenta de que lo que tanto ansiaste que llegara, ahora te sobra. Te sobra porque te lastima, te sobra porque te encadena. Te sobra porque te falta. A veces rogamos finales, y a veces, la vida nos escucha. Y aún así lloramos porque disfrazamos la renuncia de pérdida. Ya se sabe, los dramas incontrolables, impredecibles e incognoscibles han sido, de toda la vida, mucho más fáciles de superar. Otras veces, sentimos que lo perdido nos ha sido arrebatado. «Esto no es lo que yo quería», pensamos mientras intentamos redefinir, esta vez con más exactitud, nuestro deseo, como si los resortes de la vida los manejara un genio en una lámpara.
Al final da igual si lo que nos falta lo hemos extraviado, abandonado o nos lo han robado. La cosa es que, como con las llaves, las gafas, el carné y el monedero, un día lo tenemos y al siguiente ya no. Y ya está. También entonces nos preguntamos dónde estará lo que antes era nuestro. A quién le sonreirá ahora esa sonrisa que, absurdamente, creímos haber inventado. Dónde quedará ahora ese rencor que nos incendiaba el pecho y, de repente, ya no logra ni encender una chispa. A por quién irá esta vez el miedo, el mismo que lleva un tiempo sin mordernos el cuello.
Cómo y con quién estará ahora su corazón.
Las preguntas duran un tiempo y, después, dejamos de pensar en ellas. Lo que no está deja hueco, y los huecos se llenan con lo nuevo. La carrera continúa y no hay tiempo para mirar atrás. No debería de haberlo. El tiempo es mejor perderlo, digo, emplearlo en no perder las gafas nuevas, en guardar mejor las monedas, en cerrar la cremallera para que no se escapen las llaves. En disfrutar de la sonrisa que te acompañe ahora (y sobre todo, en disfrutar de la tuya propia). En amar tu historia por encima de cualquier otra y no confundir quién eres con quiénes sois, si es que sois dos. En no echar de menos las brasas y aprovechar hasta el último rayo de sol, y en recordarle una vez más al miedo que nunca volverá a ser bienvenido.
El tiempo es mejor perderlo fingiendo que no tenemos nada que perder.
Entre todo lo perdido (llaves, dinero, gafas, sonrisas y demás) hay algunas que desearíamos recuperar, otras deseamos que se queden ahí en el olvido, hacemos un envío directo y nada, se devuelven solas!!
Así es, Vero! Gracias por pasarte! Muak!
A mí lo que más me divierte es perderme, me pierdo hasta en mi propia casa, tengo habilidad para eso… pero no me importa porque a veces simplemente con seguir avanzando vuelvo a encontrar un sitio conocido. Como en la vida.
Besos
Fer
Perderse es maravilloso, sobre todo cuando a consecuencia de ello, acabas encontrando algo nuevo y maravilloso! Gracias por pasarte, Fer!
Si… Ha quedado claro que todo es maravilloso 😛
ejem.. era una repetición intencionada, por si no lo has pillado! 😀
Aquí lo único maravilloso que hay eres tu!!
Respuesta borde compensada, gruñón! 😉
Jajajajaj gracias gracias… En pro de afianzar este precioso vínculo pongo mi hornazo a tu disposición!!!
Al final todo se pierde, incluso las mismas personas. Sin embargo, también persiste el ir encontrando, y quizá sea eso lo que anima a seguir adelante, a pesar de todo lo que dejamos atrás.
https://confesionesydesvarios.wordpress.com
pues sí, la vida es un continuo perder(se) y encontrar(se)! Gracias por pasarte 🙂
Pensé que era la única con curiosidad impacible hasta que no recojo eso que veo tirado.
Me gustó mucho.
¡Saludos!
pues ya somos dos! 😀 Muchas gracias, me alegro de que te haya gustado. ¡Un abrazo!
El tiempo, y sus efectos. Ese amigo, o es enemigo?. Un saludo
¡Yo he conseguido que sea mi amigo del alma! (pero me ha costado lo mío). ¡Un saludo y gracias por pasarte! 🙂