Cerrando piel

Sentía su abrazo, la mecía lentamente su respiración y aun así no podía creer lo que estaba sucediendo. Carne y hueso: tantas veces lo había imaginado y, sin embargo, ni una sola de ellas se había quedado cerca de lo que ahora realmente se le pasaba por la cabeza, por el cuerpo y por el corazón.

Todo había empezado bastante tiempo atrás. De hecho, aquella época ahora se le antojaba pura ciencia ficción. Parecía increíble que la respuesta a todas sus preguntas se encontrara a tan sólo un clic de ordenador, pero así es como había sucedido. ¿De qué iba eso del amor? ¿Por qué la gente solía volverse tan estúpida irracional cuando se enamoraba?, se cuestionaba entonces. “Vale, era por esto”, se respondía ahora intentando contener la respiración presa de aquel abrazo imposible que, contra todo pronóstico, estaba siendo, estaba pasando. El amor era eso. Exactamente lo que exhalaba en ese momento. Inhalaba vida y exhalaba amor.

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No había sido fácil llegar hasta allí. Bueno, en realidad, acabar el día más romántico de toda su vida en la cama del chico del que estaba enamorada, no fue difícil precisamente. Lo complicado había sido olvidar el camino de vuelta, vivir aquellos días, aquellas horas, como si el “y fueron felices y comieron perdices” estuviese asegurado para clausurar felizmente una historia circular.

Y si el camino de retorno era incierto, el de ida no había sido mucho más claro. Un único obstáculo, incierto e insalvable, había cortado cualquier sendero de comunicación entre ellos meses atrás. “¿Por qué me lanzas ahora este tronco, por qué me obligas a saltarlo cuando sabes que no lo haré?”, tuvo ganas de preguntarle el día en que desapareció y todo se quedó en blanco. Pero no lo hizo, y en su lugar, decidió cambiar todas las preguntas por cicatrices que, en los siguientes meses, se esforzó mucho en conservar. Mientras las cicatrices siguieran siendo eso, carne muerta, no sangrarían y, por consiguiente, no harían daño.

Sin embargo, pronto descubrió que la piel de sus heridas era tan fina como el recuerdo del dolor, y una tímida llamada a su puerta fue suficiente para que todo empezara otra vez.  Allí estaba la misma apacible electricidad, las horas quemadas, y sobre todo, la memoria. Otra vez pululaban por el aire los “te quiero” caídos de los dedos, las confidencias prematuras, los defectos tan queribles… Los fantasmas acechaban y la vida pasaba. Y entonces volvió a ser entonces, y le pareció tan fácil dejarse llevar, contarle sus planes y simplemente verlo… Tenerlo delante. Aunque sólo fuera por lo que un día fueron y lo que nunca serían. Sí, tenía que tenerlo delante.

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Así fue como se vieron y se reconocieron. Se unieron naturalmente a lo largo de un puñado de horas que, en adelante, tendrían el peso de una vida. Una vida corta y perdurable. Pasearon, se miraron, se pararon, se rozaron. Se besaron. Los sueños se hicieron sólidos, tangibles por una vez en aquel minúsculo colchón dónde les sobraba espacio. Pero de aquel sueño también despertaría. Lo sabía, más que intuirlo. Sólo deseaba que fuese de golpe, que ojalá no tuviese que acostumbrarse a vivir dormida para luego tener que abrir los ojos legañosa y despacio, casi tan despacio como la primera vez.

Su deseo se cumplió poco después de aquella fantasía compartida en una cama de 90 centímetros. El despertar fue, en efecto, repentino y cruel. Él le pidió que cumpliera sus sueños y ella, que de nuevo no entendía muy bien qué era eso de querer, quiso pensar con todas sus fuerzas que el amor era eso, soltar, dejar, perderse de vista por el bien (¿qué bien?) común. Que su amor por ella, simplemente, era así y no había nada que pudiese hacer. Pero no pudo, por mucho que lo intentó, acogerse a esa paz y, en cambio, optó por creer firmemente que él nunca la había querido como ella, que era un traidor y que no tenía ni idea de lo que era soñar, y mucho menos cumplir sueños.

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Entre “yo nuncas” y una familiar y desesperada búsqueda de respuestas, abrió un cuaderno mental y, mientras sentía su piel cerrarse, anotó en letras rojas el final de aquella historia triangular: “Cada uno por su lado y yo con una cicatriz para siempre”. Esta vez sí, sabría mantener sus heridas suaves y delicadas. Pero, y eso era seguro, ya no habría más sangre que lo atrajese hasta ella.

Gracias, valiente anónima. Aunque no lo creas, algún día los recuerdos te harán libre.

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9 respuestas a “Cerrando piel

  1. Que me gusta cómo escribes es evidente, pero hoy me han encantado las imágenes que has ido lanzando “la piel de sus heridas era tan fina como el recuerdo del dolor”, “los te quiero caídos de los dedos”… ole tú

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