Extraordinario

“Cobarde. Cobarde. Cobarde. Te quiero. Te quiero. Te quiero. Qué cobarde eres y cómo te quiero”.

Y así podía pasarse toda la noche. Dándole vueltas a la pena, masticando el dolor pero sin poder tragarlo porque, entre lágrima y lágrima, siempre se le hacía bola. La vida sin ella era indigerible, inconcebible, y sin embargo, era lo que tenía, nada más y nada menos. A veces, Laura se imaginaba qué hubiera pasado si aquel día en el colegio se hubiese puesto enferma, o si se le hubiese olvidado en casa la guitarra y no hubiera habido ningún acorde que la atrajese hasta ella. O, en definitiva, si hubiese sucedido cualquier cosa que hubiera perturbado mínimamente el curso de la vida. De su vida.

Pero no había pasado nada de eso y, en consecuencia, lo había pasado todo. Desde ese día, Julia se convirtió en su centro gravitatorio, y aunque el tiempo voló sin que aparentemente nada hubiese cambiado en ella, el amor, secretamente, ya había hablado. Había pronunciado su última palabra y un “y no se hable más” que se hizo palpable en cuanto Laura volvió a verla meses después en aquel campamento. Allí, las noches de estrellas infinitas fueron testigos de cómo el drama se precipitaba sin remedio. De cómo aquella joven con ansias de amor caía rendida a los pies de lo imposible.

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Amor imposible. Esas dos palabras, súbitamente familiares, resonaban en su cabeza aquella noche, como en tantas otras. Pero, ¿cómo iba a ser algo tan posible, imposible? Era posible quererla, era posible admirarla, era posible desearla con todas sus fuerzas. ¿Por qué era imposible tenerla? ¿Por qué a ella le resultaba imposible responder a un “te quiero” sin un “pero”? Sólo había una manera de averiguarlo, así que con una maleta en la mano y los reparos en los pies, Laura se fue a buscarla. Sabía que iba a ir a por ella incluso antes de decidirlo. “Me da igual todo, Julia. Me da igual todo. Te quiero pero eres una cobarde. Eres tan cobarde pero te quiero tanto”, pensaba mientras pisaba el acelerador de su coche, con la vista fija en un horizonte que tenía su cara.

Volvió a perderse en su halo nada más verla. Era ella: la espina y la rosa, las ganas y el desaliento. Era ella. Ella. Se reconocieron, se tocaron a distancia, y luego, no les quedó más remedio que amarse como llevaban tiempo soñando amarse. Y el sueño transcurrió tan real como el roce de su piel, la música de su aliento y el sol en su pelo.

Pero por una vez, lo mejor no fue el postre. En la despedida, su amada imposible quiso, en un intento desesperado e inútil, poner barreras donde ya no había camino, pues ya todo entre ellas era un profundo bosque intransitable y cada rama, un sentimiento. A pesar de todo, el del remordimiento no había aparecido ese fin de semana, o si estaba, no parecía pesar lo suficiente, no más que el amor que, agazapado en los ojos de Julia, amenazaba con saltar sin preguntarle.

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Pero ese salto nunca llegó. “No puedo hacerle eso a…”. “Mejor no complicar las cosas”. ”“Te quiero pero es mejor que no”. ¿Que no qué? ¿Mejor que no quemaran las noches hablando, gritando, susurrando y llorando? ¿Mejor que lo dejaran correr? ¿Mejor que no se hubieran conocido? ¿Mejor que no saliera más el sol? Estaba loca por pensar así, (o quizá lo estaba ella por mantener, contra natura, la esperanza viva). Julia, su Julia, estaba tan rematadamente loca que, después de encender su alma en montones de encuentros a escondidas, un día dejó de titubear y su adiós le prendió fuego a su esperanza.

Era un adiós que no era un adiós, y aun así lo era, así que en adelante intentó hacer lo que cualquier loca en su sano juicio hubiera hecho: cambiar el foco de su obsesión. Eso confirmó sus sospechas: no había nadie como ella. Ella. Era ella. Ella iba a casarse con su novio, de blanco, en el pueblo. “Una boda preciosa”, diría la gente. “Una boda normal”, se imaginaba que pensaría Julia segundos antes de darle el “sí, quiero” a un hombre al que no amaba (no podía amarlo porque no se puede amar por duplicado) y que no la amaba (al menos no como la amaba Laura, con tanta paciencia, con tanta intensidad, con fuegos artificiales y música de fondo).

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Junio se acercaba, pero la esperada llamada llegó antes. No era un “lo dejo todo”, era un “quiero verte”. A Laura le faltaron alas para volar a su lado, para tensar una vez más la cuerda aun sabiendo que, de vuelta a casa, quizás quisiera ahorcarse el amor con ella. Volvieron a reconocerse, a tocarse sin tacto y a hablarse sin voz. Y sobre todo a amarse. A amarse tanto que el dolor ya no le importaba. Las heridas se cerraron allí y entonces, y aunque supo en todo momento que se iría a casa sin ella, también sabía que no se iría de vacío. El vacío era imposible habiéndola conocido. Habiéndola querido y habiéndole arrancado tanto amor.

De camino a casa, fue soltando lastre. En su mente había cada vez menos “cobardes” y más “te quieros”. Se iba sabiendo que todavía la tenía un poco y que su olor tardaría días en evaporarse de su ropa. Aceleró una vez más, aunque esta vez el horizonte parecía vacío y solitario. Mientras conducía, la imaginó feliz el día de su boda. La vio llegar de blanco, preciosa y temblorosa. La vio hablar con sus padres y acariciarles el pelo a los niños. La vio aproximándose, sonriendo con los ojos y con la boca. Luego llegaría el “sí, quiero”, que Laura le respondería con un “y yo quiero más”. Sería una boda preciosa. Una boda imaginaria, una boda normal para un amor extraordinario.

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Gracias, C., por permitirme asomarme a tu valiente historia de Amor. Con mayúscula.

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8 respuestas a “Extraordinario

  1. Jolín Teje, me has llegado hondo con este relato “imposible” donde hay un tema que me chifla flotnado por el ambiente y claro está, que es el Amor, en mayúsculas como bien dices. Que bien le sienta a una pasarse de vez en cuando por aquí, aunque instagram nos una al día a día no hay nada como la magia de un blog. Es como si hubiera estado en tu casita y nos hubieramos tomado un té. Que gozada!!
    Un besote bien fuerte 🙂

    1. ayy pero qué maja eres! muchas gracias por tus palabras y por pasarte siempre por aquí (sé que te debo muchas visitas a tu blog). Al menos Instagram nos une, sí, siempre nos quedará él a las cabezas locas y apresuradas! 😉 me alegro mucho de que te haya gustado. Un beso enorme!

  2. Me encanta la entrada, es genial toda ella, pero sobre todo eso de “la amaba con fuegos arficiales y con música de fondo” me ha parecido precioso.
    ¡enhorabuena!

    1. tienes toda la razón, qué complicado es a veces eso de dejar a un lado el miedo! Muchas gracias por pasarte, me alegro de que te haya gustado 🙂 Besos!

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