Azul casi blanco (casi azul)

Había estado tanto tiempo soñando, que la realidad me parecía absurda. Recuerdo que en ese momento ni el fresco aroma de los cipreses logró consolarme. Inspiré lentamente, intentando detener el tiempo. Detenerte a ti. Retenerte para siempre. Miré hacia el cielo por no seguir mirando la despedida en tu mirada. Su azul era todavía más desvaído que el de tus ojos. Les faltaba intensidad y brillo. Faltaba magia por todas partes.

Dicen que cuando crees que vas a morir, un carrusel con las imágenes más importantes de tu vida pasa ante tus ojos. Yo aquella tarde supe que me moría, pero a diferencia de la muerte física, entendí que resucitaría en algún tiempo. Por eso mi memoria rescató para mí tan sólo un momento. Tan sólo una imagen: nítida, feroz, odiosamente real. 

Te tenía delante otra vez. Alguna arruga más, menos pelo en la cabeza y más en la barba. Camiseta roja y vaqueros. Voz de lunes y sonrisa de viernes. Me miraste como siempre y me tendiste una mano donde no vi peligro alguno, al menos no uno nuevo. “A ese monstruo ya le he ganado antes”, pensé mientras me imaginaba besándote con un ojo abierto. Si iba a pasar, tendría que ser así. Ah no, yo jamás volvería a fingir estar ciega por ti. Mientras no dejara de ver del todo, me mantendría estable.

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Y sin embargo, nunca conseguí sonreír al pensar que me salí con la mía. Que nuestra tristeza fue precisamente así. Estable, permanente, cruelmente apacible. A ratos. Otros ratos hubo ruido, mucho ruido. Sonrisas de lunes y miradas atemporales. Era como si las hubiera visto ayer. O quizás hace un siglo, no lo sé.

Tenía los ojos apretados cuando una ráfaga de viento deshizo tu imagen imaginaria y me devolvió la real. Yo sentía que era al revés y que si nos estábamos diciendo adiós (“Adiós”), teníamos que estar dormidos. Tenía que estar despierta en ese otro momento, cuando nos reencontramos y tú me sonreíste y yo planeé besarte con un ojo medio abierto. Cuando me dijiste que estaba muy guapa con gafas. Cuando estaba todo estrenado pero no estropeado. No tanto, no tanto todavía.

Abrí los ojos porque tenía que hacerlo. El cielo estaba cada vez más pálido: azul casi blanco. Creo que yo también. Nadie hablaba y no hacía falta. El viento siguió meciendo los cipreses y los recuerdos, arrastrando el aroma a hierba y a futuro incierto. Imaginé una playa sin horizonte y me mareé.

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Clavé la vista en tu cuello para anclarme al presente, aunque quemara. Llevabas tu camiseta roja, pero tus ojos, tu sonrisa y tu lunar iban vestidos de luto. Acerté a balbucear algo, pero no recuerdo el qué. Fuera lo que fuera, te arrancó un abrazo que parecía llevar esperando en ti mucho tiempo. Demasiado. Tanto como ese adiós liberador que al principio me pareció una cárcel.

Volvía ya con mi mundo solitario a cuestas cuando el azul del cielo subió un par de tonos. Azul casi azul. Pensé en tus ojos y me eché a llorar. Quizás ellos también hubieran ganado color tras la despedida, pero incluso si me dejaras, sabía que ya nunca más me atrevería a nadar en ellos.

Arranqué un último trozo de valor de alguna parte y giré la cabeza para ver la tuya mirando al frente. A tu frente. Al horizonte que tú sí tenías.Tu pelo brillaba con el sol. Eras ya un punto rojo cada vez más pequeño.

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Y entonces, mientras dejaba atrás los azules y el rojo y me preparaba para acostumbrarme a una vida en blanco y negro, otra puerta se abrió en mi cabeza. Una tan triste como la primera: la del miedo, los porqués y los “sin ti me muero”. Detrás de esta también había lluvia, pero en apenas una mirada fugaz acerté a vislumbrar algún “¿por qué no?”. Vi un poco de orgullo con vocación de coraje y el principio de un “sin ti, volveré a ser yo”.

Dos puertas difíciles de abrir que ya estaban abiertas. Dos caminos difíciles, pero uno más que otro. Dos partes, las dos tan mías como mi corazón jadeante.

Parpadeé. Respiré. Escuche que alguien me preguntaba con mi voz: “¿Y tú de qué parte estás?”.

Me alisé la falda. Cerré los ojos. Del todo. Me aclaré la garganta y le lancé al aire una última promesa.

“¿Yo? De la mía”.

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13 respuestas a “Azul casi blanco (casi azul)

      1. Sabes… siempre se ha dicho que cuando te dicen eso de “esta chica es muy maja” es una manera sutil de decir fea… Por lo tanto… te acabas de meter conmigo!!! 😛

      2. nunca he estado de acuerdo con eso! Yo cuando digo “majo”, es que quiero decir majo. Ni feo, ni guapo. Majo. 😀

      3. es un término muy salmantino… igual es que tienes algo de sangre charra, eso explicaría tu arte, pero no tu simpatía, que de eso vamos escasos

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