Yo, destino

Me sentía fría, desganada, torpe y desafortunada. Era una de esas épocas de entreguerras en mi corazón. No estaba enamorada, ni ilusionada, ni si siquiera encaprichada de nadie, pero lejos de sentirme a salvo de cualquier dolorosa rotura de corazón, me sabía vulnerable. Irremediablemente perdida.

Me encanta encantaba ser soltera. Estar sola no era el problema. El problema era no entender. El problema era buscarle siempre los porqués a todo, algo bastante inútil casi siempre porque, casi siempre, los porqués de las cosas o no existen o llegan tarde.

Así que ahí estaba, feliz de estar “sola”, como se suele decir de las mujeres sin pareja (a los hombres, en cambio, se les atribuye más lo de “solteros”, simplemente). Feliz por eso, pero desquiciada por no comprender qué pasó para perder el último corazón que creí haber conquistado. Evidentemente, nunca lo perdí porque nunca llegué a tenerlo. Eso lo sabía, pero no me valía. Porque sí, quizás era prematuro hablar de robarnos los corazones (porque un corazón, ya se sabe, incluye una vida entera y una vida entera no es cualquier cosa, es mucha cosa), pero si hubiéramos seguido buscándonos las cosquillas al alma, quizás nos hubiéramos podido reír juntos una vida entera.

Pero no. Pero él tampoco era. ¿Quería que lo fuera? Supongo que no. No le quería a él, pero me hubiera encantado experimentar, por una vez, la sensación de ganarle al destino, de vencer a “lo que tenía que ser”. De ganar. Por una vez. Solo por una vez.

¿Ganar algo que no sabes si quieres? ¿Que no quieres para siempre? Bueno. Tantos tropezones te hacen sentir tan torpe que a veces lo único que una quiere es estar de pie y decidir cuando caer, o saltar, o volar.

En realidad siempre fue así, aunque yo en ese momento no me diera cuenta. Ahora sé que cada rechazo o cada “será que no tenía que pasar” lo atraje yo sola. Una yo que no veo pero que ahí está. La de las buenas decisiones. La que con su hilo transparente atrae o suelta para que la función sea la mía y no la de otra (que quizás se hubiera quedado con el chico de la primera cita horrible y hubiera acabado siendo la más feliz a su lado).

Pero yo no. Mi historia no era esa. Mi historia es esta: la nuestra. La de encontrarnos por causalidad (que no casualidad) después de muchas pistas del destino y la de quedarnos dormidos hablando de los universos paralelos y la vida extraterrestre. Esa es mi vida. La que yo me he buscado.

Porque el destino somos nosotros, un nosotros que está oculto, inmerso en la profundidad del miedo y la rutina. Callado espera su turno: el momento de actuar. De decir “no” aunque parezca que uno quiera sí. De alejarse cuando parecía que nunca se podría. De regenerar el corazón después del enésimo bombardeo.

Ese  yo sabio, silencioso, es verdad pura y nunca siente miedo. Es inquebrantable y está en todo momento, hasta en el escenario más inhóspito. No temas si hoy no lo escuchas. Mañana será otro día. Mañana gritará muy alto. Y te dirá, como a mí me dijo, que los fracasos son los pasos necesarios para el éxito. Que no hay mal que cien años dure. Que des las gracias a todos los “no” que te llevaron (o te llevarán) al “sí” más grande de tu vida.

Gracias a esa yo. A ti, pequeña grande. Gracias por todas las puertas que dejaste que te cerraran hasta encontrar esta puerta abierta a un universo del amor más puro que jamás pude imaginar. Yo no, pero tú sí. Ya es mío, ya es nuestro. Y si tú o el destino, que sois lo mismo, me habéis traído aquí, a esto, ya puedo confiar en que nunca más habrá un porqué que me apague la vida. Solo atenderé a un “porque sí” que me llevará siempre al lugar más feliz posible.

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4 respuestas a “Yo, destino

  1. Qué bien lo has expresado, eres toda una experta en el arte de unir caprichosamente palabras para hablar de lo que sientes y de lo que, de alguna manera, todos hemos sentido (cada uno a su modo). Muchas gracias por transmitir tanto, tenía muchas ganas de regresar.
    Besos!

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