Luz de luces

La vida es una continua pugna entre luz y oscuridad. Suena dramático, pero es la definición más real que se me ocurre, la que le daría para resumirle lo irresumible a un recién nacido si pudiera entenderme, o a un extraterrestre llegado de algún planeta donde todo fuera diferente, donde quizás no existiera la oscuridad -o solo hubiera oscuridad-.

Aquí en la Tierra, los humanos vivimos siempre entre el día y la noche, literal y metafóricamente. Hay días, meses, años luminosos a rabiar. Y de repente se apaga la luz. A algunos les pasa al revés. Tras años de tinieblas y linternas agonizantes, todo se ilumina, todo se ve mejor.

Vivimos entre la luz y la sombra porque hay algo que todavía desconocemos o conocemos poco. Que la luz no es algo externo que entra por la ventana un buen día. La luz siempre viene de dentro y se genera con sueños, con ganas, con alma. Pero sobre todo con amor, que es una luz tan potente que no ciega, tan potente que no se ve. La luz del amor hay que sentirla. La luz del amor barre cualquier sombra, alumbra cualquier miedo, mata cualquier duda. El amor es lo contrario a la oscuridad.

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Yo me lo imagino así, como si en alguna parte del mundo estuviera el centro más oscuro de la oscuridad, de donde sale todo lo malo, todos los llantos, toda la pena, el hambre, la guerra. Todo el horror, lo sucio, lo indeseable. El miedo, el orgullo, la rabia. El odio.

Y luego, en alguna otra parte, hay un centro de luz. Centro luminoso donde los haya, donde van a parar todos los besos que se dan con el alma, cada caricia de madre, cada risa de niño, cada ronroneo de gato y vuelo de mariposa. Cada rayo de sol atravesando el polvo, cada brizna de hierba y cada gota de lluvia. Un foco de vida, un sol que se alimenta de la bondad humana, del amor que se fabrica sobre un colchón, con un abrazo o mirada. Es un generador de cosas buenas, pero el truco está en que el combustible somos las personas. Y no, para las personas no siempre es de día, no siempre hay luz.

A veces anochece, o diluvia, o sopla un viento huracanado. A veces ni los grillos cantan, ni la lluvia huele, ni los latidos curan. A veces todo duele y a ver quién es el valiente que consigue bailar en medio de un apagón.

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 Complicado. Difícil. ¿Imposible?

Me lo imagino así, por un segundo. Como un esfuerzo sobrehumano, como un chispazo en la noche más negra. Una promesa a uno mismo, un canto de amor propio y de vida. Y de repente, logras encender una lumbre entre tus pulmones, aunque el aire queme y pese. Alguien la ve, alguien la nota y piensa que si tú puedes, el también. Y así sigue la cosa, y así se van encendiendo velas y más velas mientras se espera a que salga el sol.

Mientras, en alguna parte entre el cielo y el suelo, en algún lugar intangible que no acertamos a ver, el sol que ilumina el mundo desde dentro crece, se alimenta, aumenta su brillo. Y así, entre las luces de dentro y las de fuera, ningún barco se pierde, o al menos no demasiado tiempo.

Solo el suficiente para volver a encontrarse.

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2 respuestas a “Luz de luces

  1. Sí es verdad que la luz a cada etapa de nuestra vida se la aportamos nosotros. A veces la que le queremos dar, a veces la que le podemos dar. Sí es verdad que es difícil, que nos escondemos más de la cuenta en nosotros esperando ir a rebufo y que empuje otro. Pero hay gente que brilla. Quiera o no lo hace. Sin buscarlo ni pretenderlo. Muchas veces tratando de ocultarse. Gente como tú.
    Besos
    Fer

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