Siete días

Día uno.

Despiertas con la sensación de estar olvidando algo importante, algo que quieres recordar cuanto antes para acabar con la falsa ilusión de que es un día como cualquier otro. Y ahí viene. Avalancha de información, sensaciones, palabras dichas y no dichas. Dolor. “¿Y ahora qué hago?”. Vivir (aunque queme).

Día dos.

Duele. Duele mucho, duele demasiado. Cada paso cuesta el doble de lo normal. O el triple. La vida sigue, y eso es lo peor. Que mientras todo sigue igual, la Guerra de las Guerras se libra en tu interior sin que puedas detenerla. Guerra de amor, desamor, abrazos rotos, silencios enquistados. Guerra de nostalgia. Qué perra la nostalgia, que te hace querer darlo todo por volver atrás, al momento irrevocable que lo cambió todo aunque ahora el mundo siga igual.

Día tres.

Duele. Pero duele menos. ¿El tiempo todo lo cura? El tiempo y tú, que te pasas los días soplando quemaduras, cosiendo brechas y lamiendo cicatrices. Es cuestión de seguir remando. Ignorar las canciones y olores asesinos y confiar en la deriva, que siempre acaba llevándote a buen puerto. De todas formas es la única opción: la tentación de llama a la puerta del pasado hace tiempo que se esfumó. Y así es mucho mejor.

Día cuatro.

Metamorfosis. Sientes como cambias a cada respiración. Cada vez un poco más tranquila, un poco menos miedo, un poco más tú. Qué más da si todo salió mal, si nunca mereció tus lágrimas, si aguantaste demasiado o te quisiste demasiado poco. No importa nada, importa el perdón. Te perdonas y todo sigue, todo fluye y la rabia, poco a poco, se disuelve en amor, vida y sueños.

Día cinco.

Volver a ser. Renacer. Por fin. No has vuelto a ser tú, no exactamente. Ahora eres tú, pero más fuerte, más capaz, más indestructible. La vida es buena, porque aunque lo haga de las formas más crueles o intrincadas, siempre te acaba alejando de lo que no te conviene. Y cuando lo hace, te acerca cada día más a todo lo que sí es digno de ti. Y tú de ello. Ese camino está cerca. Mientras tanto, disfrutas sin esperar.

Día seis.

Estás preparada. ¿Para el amor? Entre otras cosas. Estás preparada para la vida, para disfrutarla entera, sea lo que sea lo que traiga. Amor o sucedáneos. Tu sonrisa brilla más que nunca y atrae un par de urracas que la quieren hacer suya. Pero no. Tú ya no. Tus cicatrices sembradas de flores te recuerdan lo que no quieres volver a repetir. Mandas lejos a esas pruebas disfrazadas de destino y sonríes más fuerte, más brillante.

Día siete.

Es él. No lo esperabas, no lo has visto venir. Estás bien, estás muy bien. No necesitas más de lo que tienes, pero sabes que es él porque te mira como tú miras la naturaleza salvaje. Fascinado, asombrado, precavido porque todo lo que ve es increíblemente hermoso pero no es de su propiedad y nunca lo será. Es él, el camino. Es para ti, eres para él. Sois dos pero sois uno, eso se nota. Le das la mano y le pides que no la suelte. No hace falta, sabes que no lo hará.

Día siete más uno.

La vida es maravillosa porque hay personas como él y personas como tú. Personas que se quieren y no se hacen daño, ni se olvidan, ni se encadenan, ni se hacen sentir mal. Personas libres que libremente se aman.

Este viaje te encanta y sabes que no va a terminar. Lo sabes, pero aunque terminara, en el mundo hipotético en el que hasta lo imposible es posible, sabes que ya nunca olvidarás como convertir las heridas en flores. Y, sabiéndolo, te entregas del todo al agua cristalina del amor de tu vida. Así da gusto crecer y crecer. Qué suerte quererle. Qué suerte teneros. Qué suerte saber lo que sí y lo que no. Abrazar el sí infinito, la fortuna, las ganas, la ilusión de vivir una vida eterna a su lado.

 

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4 thoughts on “Siete días

  1. Es como el capullo.. poco a poco, se va convirtiendo en una mariposa, duele crecer y duele cambiar; pero como dices y lo tendré grabado “la vida es buena, porque aunque lo haga de las formas mas crueles, siempre te acaba alejando de lo que no te conviene, y te acerca de lo digno a ti”. Felicidades por tus palabras.

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