Nochevieja en abril

Hay años que acaban el 31 diciembre y otros que acaban en abril. O en septiembre. O incluso en enero. Uno pone los puntos finales donde quiere y donde puede. Donde necesita empezar a contar de cero. Recapitular, hacer balance, sopesar triunfos y derrotas es necesario, pero más allá de lo que dicta el calendario y la tradición.

Mi año ha terminado hoy, haciendo cola para comprar un regalo de Reyes de esos que te hacen tener más ilusión por dar que por recibir. A mi lado, una quinceañera nerviosa miraba aquí y allá sin dejar de señalar con el dedo. Pero lo último que ha señalado era especial. Lo he notado por el brillo de sus ojos. Por el tirón de manga de chaqueta a su madre. Seguir con la vista la dirección hacia la que apuntaba ha hecho añicos mis prejuicios. La chica había visto, al otro lado del pasillo, una edición preciosa de Cumbres Borrascosas. 

Ojalá no tenga ilustraciones. Odio que tengan ilustraciones. Ha dicho. Y no sabéis lo identificada que me he sentido. Porque, y perdonadme ilustradores, cuando amas las letras sin remedio, no hay otro arte que se le comparte.

Yo seguía esperando, también con un libro en las manos, cuando la adolescente ha visto otra cosa que le ha iluminado el rostro.

Alaaaa.

Y en su ahogado grito de emoción me he reconocido. Otra vez.

Esta vez era un libro de Friends. Se ha puesto a tararear I’ll be there for you y ahí, os prometo, he tenido que contenerme mucho para no darle un abrazo.

Mi año ha acabado ahí, con esa chica emocionada que podría ser yo o cualquiera que entienda lo imprescindible que es conservar intacta la ilusión por las pequeñas cosas.

Mi año, he decidido, ha terminado ahí. Con mis prejuicios en los tobillos y una chica enamorada de Heathcliff. Y con Bohemian Raphsody sonando de fondo, ya el colmo. Sin quererlo ni beberlo he mirado el libro entre mis manos y el resto de regalos dentro de mi bolsas y he recapitulado. He sopesado. Y he sentido que este año lo malo fue el miedo y lo bueno todo lo demás, pero sobre todo, los detalles. Todas las pequeñas cosas que me han hecho exclamar, dar saltitos, emocionarme. Flipar.

Este año he flipado mucho. Y no solo eso, he he dejado el alma entre renglones y he cumplido un sueño: que mis flores, antes cicatrices, cubrieran el camino de algún que otro corazón recosido.

Este año he vencido pesadillas y he seguido viviendo en un sueño interminable.

Este año ya es historia. Y para historia la que se viene.

La que me muero de ganas por empezar a contar. La que nos queda por vivir.

Cada historia empieza donde termina otra.

Aunque, lo confieso, yo todas las quiero empezar a tu lado.

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