Rocas y estrellas

Nacemos programados para ser felices. Para intentarlo, al menos. Sabemos, en lo más profundo de nuestro ser y por mucho que llueva, que el objetivo es ponerse a salvo. Hallar un hogar tranquilo y seco y esperar a que pase el huracán.

Estamos diseñados para tirar del carro, para forzar la sonrisa. Para ensayar el “estoy bien” hasta que suene creíble. Tendemos a reconstruirnos, cuanto más rápido mejor. Normal, se trata de supervivencia. ¿Pero sobrevive antes quien antes se cura?

Termina el año y parece inevitable hacer balance. A mí, en este balance, la felicidad me sale a pagar. Y eso intentaré, pagarle a la vida con la misma moneda, con gratitud y risas a plazos.

Pero no siempre ha sido así. Ha habido años para olvidar. Para enterrar. Para quemar. Y, o tengo muy mala memoria, o juraría que los terminé escribiendo algo bonito y esperanzador. Rescatando del incendio pequeños resquicios de cosas salvables.

Siempre los hay. Pase lo que pase, siempre hay esquinas a las que agarrarse y todos coincidimos en que es de bien nacido ser agradecido.

Pero, es posible que, si echas la vista atrás, te encuentres con más rocas que estrellas en este año. O que no logres recordar los momentos o palabras que te mantuvieron a flote. Oye, y no pasa nada. Puede que simplemente hayas tenido un año nefasto. ¿Y qué es un año en toda una vida?

No pasa nada de verdad, si a la hora del último brindis no te sale una palabra agradecida hacia el año que se acaba. Seguro que ha tenido, por horrible que haya sido, detalles buenos. Pequeños momentos de esos que se estiran como el chicle para tender puentes que te lleven a otra parte. Pero no pasa nada si no te parecen suficientes. Si no estás preparado para decir gracias o ni siquiera para decir adiós.

¿Sabes? No se acaba el mundo si dejas el balance para otro rato y pasas la hoja del calendario sin más. Como si acabara marzo y empezara abril. Sí, figúrate que estamos estrenando primavera, y no invierno, y cómprate un ramo más grande que tu cabeza, que flores hay todo el año.

O puedes hacer ese balance ahora, si te sientes preparado. Pero un balance distinto. Un balance sincero, no de los que se cuelgan en Instagram. ¿Adivina qué? Un balance puede acabar de un lado o de otro. Un balance positivo no es mejor que un balance negativo. Mejor significa muchas cosas, y si cambiar las cosas es lo que te toca ahora, quizás sea mejor para ti un balance negativo que te impulse a ver las cosas de otro modo. Que te haga reaccionar.

Pues no, no pasa absolutamente nada si el 2018 fue una soberana mierda. Quizás tu propósito de año nuevo sea aprender a estar triste sin sentirte irresponsable. Porque nacemos preparados para ser fuertes, luchadores, supervivientes. Y la sociedad potencia eso cada minuto que pasa. Aprende a marchas forzadas, sácate las castañas del fuego, sigue remando caiga lo que caiga. Y es duro. Es duro mantener la cordura en un mundo de locos. Es duro aprender a estar enfadado, a entender el llanto como un triunfo, y no como una derrota.

Yo creo que si has llorado, te has dejado ayudar, has practicado la asertividad y has pensado un poquito más en ti, ya has ganado.

Yo creo que si no has ido un día a trabajar porque estabas derrotado  resfriado, ya has ganado.

Y si dijiste que no al menos 1 de cada 5 veces en las que quisiste hacerlo, también.

El año nuevo vendrá. Recíbelo como puedas. No es rencoroso, así que no se sientas mal si no te sale ser muy majo con él. Siempre podéis volver a empezar, por ejemplo, en abril.


2 respuestas a “Rocas y estrellas

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