Cara

Te dejaste una moneda en el bolsillo de mi abrigo. Esa que nunca nos cansamos de lanzar. Cruz. Cruz. Cruz. Mil veces y siempre cruz. Nos volvimos adictos al azar como otros se enganchan al Scrabble, al billar o a la droga más dura.

¿Por qué dejar de arrojarla al aire, de disfrutar de ese plácido intervalo de dulce incertidumbre cuando aún no era cara ni era cruz? ¿Y si guardábamos la moneda justo antes de lanzarla por última vez? ¿Y si esa última vez, pobres ignorantes, era la vez que por fin saldría cara?

No podíamos arriesgarnos a no ser felices pudiendo, simplemente, sobrevivir siendo infelices.

Y así seguíamos, sobreviviendo, porque vivir hubiese sido demasiado fácil, porque para vivir no hacía falta lanzar monedas. Y así seguíamos, adictos al azar, sabiendo que tras cada cruz volveríamos a estar, aunque continuaríamos sin ser.

Nunca fuimos y da igual. Tu moneda con cara y cruz se movió una vez más, del bolsillo de mi abrigo a algún oscuro rincón. Y en ese bolsillo ahora habitan el mar, la libertad y la paz concentrados en el tacto rugoso de una concha que sólo puede ser una concha. Que sólo puede ser cara.

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