La última flecha

Fue entonces, cuando había pasado suficiente tiempo como para que el volverte a ver no me apuñalara el corazón, pero no tanto como para haber olvidado que el lunar de tu barbilla solía ser el centro de mi gravedad.

–¿Te acuerdas de cuando me contabas un problema y te enfadabas porque yo no paraba de proponerte soluciones? –fue lo primero que me dijo con el humo de su cigarro y los recuerdos flotando sobre su cabeza.

–Era desesperante. Nunca entendiste que yo no necesitaba soluciones, necesitaba empatía. Que me escuchases y ya –respondí con la cabeza súbitamente saturada de pasado.

–No, necesitabas que te diera la razón.

–Pero es que tenía razón. Siempre.

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Le miré a los ojos por primera vez. Un instante antes de hacerlo pensé que era una mala idea, que moriría. Que volvería a morir por él. Y sin embargo, su rostro me devolvió una sensación y una imagen diferente. No había cambiado nada en lo básico: su afilada nariz estaba; sus pequeños ojos verdones (como los bautizamos años atrás porque no eran ni verdes, ni marrones) estaban. Sus mejillas caídas y sus labios carnosos, estaban. Tampoco había cambiado en los detalles: no se había afeitado la barba, los mechones de pelo azabache enmarcaban su frente y su cara, y sí, su lunar en la barbilla continuaba allí.

–Tenía razón. Pero a veces me hubiera gustado no tenerla –pronunció alguien que no era yo. Al menos, no era yo completamente, quizás sí una parte.

Era su luz lo que se había transformado. No era más viva, ni más apagada. No se le veía más triste, ni más contento. Ni más relajado, ni más estresado. Una parte de mí había creído que aquella tarde me encontraría a un extraño sentado en nuestro parque. Pero no. Era la misma persona, sólo que diferente. 

Tan diferente que a diferencia de cuando estábamos juntos, cuando mis pensamientos y sentimientos se le escapan como arena entre los dedos, me sorprendió leyéndome las ideas como si estuviesen escritas en mi frente.

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–Estás diferente. Eres igual que antes, pero no. Como si fueras la misma playa pero en otra estación del año.

–¿Tan diferentes éramos? – respondí.

Seguíamos haciéndolo. Contestarnos como si no nos hubiéramos escuchado. Como si las palabras de antes no hubieran sido un disparo directo a la razón. 

–Ellas son de Venus y ellos de Marte, ya sabes.

–¿Y ya está? ¿Crees que lo único que nos separó fue eso, una diferencia de género? ¿Las hormonas? ¿El cerebro?

Habíamos empezado a hablar de verdad. Cuánto más fácil hubiera sido un “¿cómo te va el trabajo?” o un “¿qué tal tus padres?”, pero nosotros éramos así. Complicados, inapropiados. Encarnizados. Siempre fuimos directos a lo que queríamos saber, lo cual nos hizo ahorrar mucho tiempo y malgastar aún más dolor. Teníamos un objetivo, el uno lo éramos del otro, pero en lugar de tomarlo con las manos, simplemente, lo convertimos en diana y le lanzamos flechas haciéndolo nuestro. Nuestro, pero herido.

–Bueno, fue algo más que eso. Simplemente, éramos diferentes. Lo menos diferente que teníamos era el género.

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Otra flecha, aunque está vez acertó al aire en vez de a mí.

–Todos somos diferentes. Todos nos creemos como todos y como ninguno. Buscamos la felicidad y caminamos en la dirección opuesta. Tememos enfermar más que morir, porque vivir siendo imperfectos nos mata por dentro. Y somos tan, tan imperfectos. Especialmente cuando nos enamoramos. Sí, ese fue el problema, éramos demasiado imperfectos.

Tenía que echar el resto y lo hice. Pestañeó lentamente. Sentí como mis palabras alcanzaban su carne, se cargaban de fuerza y rebotaban de vuelta hacia mí.

–Una imperfección muy bella, la tuya.

Y esta vez no quise esquivar la flecha.

–La imperfección es bella. Siempre lo es. La nuestra lo era. El problema no es la imperfección, el problema son los ojos enamorados que la miran y no la ven. Luego ese velo como de ensoñación acaba cayendo y lo que encontramos nos aterroriza. Es como la vida. Cuando pasamos de ser niños a ser adultos y creemos que por haber visto lo feo, no podemos seguir persiguiendo lo bonito. Tú yo nos vimos lo bonito desde el principio, y cuando pasó demasiado tiempo sin que lo feo emergiera, nos dejamos las ganas en inventarlo. Creo que nos pasó eso que dicen de “pagar la novatada”, pero al revés. Antes lo habíamos visto en otros “lo nuestro”, así que tenía que estar también en nuestro “lo nuestro”. Y no estaba, te juro que no estaba. Te juro que nos lo sacamos de la manga, que nos boicoteamos por costumbre, porque ser felices era demasiado fácil. Y siempre fuimos complicados. Siempre fuimos diferentes en todo menos en eso. En todo menos en lo único en lo que ser distintos le hubiera salvado la vida a nuestro amor. 

Volví a mirar su ojos. Luego su lunar. Luego sus ojos otra vez. Su mirada apuntaba hacia abajo, hacia mi mano, que reposaba en la fría piedra de un banco. Un banco de nuestro parque, pero no nuestro banco. Supe lo que estaba viendo. Mi puño cerrado sujetando su última flecha. Mi playa amaneciendo en plena primavera.

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6 respuestas a “La última flecha

  1. Brutal!
    Esa contradicción de “te veo igual pero estás diferente”. Será la madurez, la vida…El tiempo, que nos cambia, o cambia nuestra forma de ver la realidad.
    Muy bueno! un abrazo! 🙂

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