Red hot

Tengo los ojos cerrados. El corazón también. Late al ritmo del segundero de mi reloj, pero vive mucho más deprisa últimamente. Desbocado, hambriento, felizmente patoso.

De repente lo noto. Estoy tumbada, respiro y lo noto. Huele a tabaco y a jabón. A ti. Despego los párpados. Casi puedo verte. Te veo. Estás ahí, parado en la puerta con tu cara de idiota, del idiota que yo quería. Estás fumando y sonríes levemente al verme tendida en la cama con tu camiseta desteñida y esas mallas con las que salí a correr la primera y última vez (contigo). Sonríes, ya sé, pensando que estoy más guapa cuanto más fea. Sonrío porque, ya sabes, los pijamas nunca han sido para mí: cuando no voy desnuda, me disfrazo con cosas que voy encontrando por ahí. Y con la vida, hago igual.

Me levanto y tu comisura tiembla al creer que me aproximaré. No lo hago. Me acerco al ordenador y abro Spotify. Los Red Hot siguen cantando exactamente donde los dejaste, pero ahora suenan mejor, más felices. Menos a rancios viajes en coche y más a escapadas en moto sin destino ni fecha de vuelta.

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Me quito la camiseta. Este sujetador te gustaba, tanto que siempre estaba en el suelo, justo entre la cama y el armario. Justo entre el tercer y el cuarto beso. Me estás mirando fijamente ahora. Le das otra calada al cigarro para hacerte el interesante, pero a mí me basta con recordarme en voz alta que la cama nunca estuvo tan llena contigo. Me lo repito a cada golpe de melena, a cada give-it-away-now de Kiedis.

Me tumbo de nuevo y me revuelvo sobre la cama recién hecha. Me siento tan feliz como el campanario en manos de un loco del que hablaba Neruda. Como el loco mismo. La boca me sabe a nada, mi piel ya está liberada, mi cuerpo entero celebra lo que mi corazón ya no llora.

Tú sigues ahí, absorto en mí. Se terminó el cigarro y ahora te muerdes las uñas. Empiezas a cantar pero desafinas. Quieres susurrar y gritas. Quieres gritar y enmudeces. Te rindes, al final, te desvaneces mientras yo cierro los ojos de nuevo y dejo escapar el último gramo de peso. Y mientras te vas, lo sabes. Que no es el tiempo que me has robado, es solo una lágrima. Que no es el dolor convertido en reto, es solo una lágrima. Que no es el destino acribillado, es solo mi lágrima. Que es todo eso, y la lágrima también.

Y entonces, ya sí, desapareces y yo brindo con tus recuerdos y los míos. Imagino como sería un mundo sin redes sociales en el que tú y yo pudiéramos encontrarnos de nuevo dentro de 30 años. Tú calvo y gordo, yo con arrugas y canas. Tú con tus baladas tristes. Yo con mi rock silbado

Da igual, qué más da. Hoy solo somos adiós. Y sonríes. Y sonrío. Y nos damos las gracias en silencio por habernos arañado el tiempo y el corazón.

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12 respuestas a “Red hot

  1. Mirar al pasado y sonreir, dar las gracias por aquellos momentos y seguir hacia adelante. A veces cuesta pero cuando lo consigues es una sensación muy agradable. Un abrazo!

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