Amores de baile en la plaza del pueblo y vasos de leche caliente en la cama

De vez en cuando me viene a la memoria. Era una noche de agosto tan bochornosa en el exterior como fresca en el interior de nuestra casa del pueblo. Benditos techos altos y muros gruesos, cómo los echo de menos. Toda mi familia, excepto mi abuela, había salido a dar una vuelta por la feria, pero yo, herida de adolescencia y  atravesando uno de los peores momentos de una historia de amor de pesadilla a la que todavía le quedaban muchos capítulos, tenía tanta ansiedad que no pude ni levantarme del sofá.

Recuerdo que mi abuela, tras despedirse de todos y murmurar mentalmente alguna oración breve para que volvieran a casa sanos y salvos, se sentó a mi lado y me observó con viva consternación en los ojos. Probablemente ella nunca tuvo ni idea de qué era eso de la ansiedad, porque la serenidad de quien vive en el presente y no espera nada de nadie corría por sus venas y porque en su época la introspección siempre brilló por su ausencia (antaño, los peligros venían de fuera, no de dentro de uno mismo).

Sin embargo, mi abuela sabía que estaba sufriendo y esa noche, simplemente, decidió acompañarme en mi trance de una manera pasiva pero que resultó ser altamente efectiva. Se sentó a mi lado en silencio, esperando sumisa el final de mi pena como quien espera el final de una tormenta. No dijo ni preguntó nada, pero mis ojos, a punto de ser desbordados por un llanto incontrolable, no le pasaron desapercibidos. No me abrazó ni beso, pero la frescura de su mano apoyada en mi brazo bastó para transmitirme el amor más puro del mundo. Y recuerdo que entonces empecé a sentirme mejor. Empecé a relativizar, que es la cura para casi todo.

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Aquella noche de verano, una más de todas las que pasé con el corazón hecho migajas, me di cuenta de que hasta ese momento nunca había pensado bien en cómo me quería mi abuela. Sí, claro, los abuelos quieren a los nietos, es algo que se sobreentiende, pero jamás había sentido, como sentí aquel día, que aun sin conocer la naturaleza del monstruo que me habitaba, mi abuela hubiera dado su vida por arrancármelo a mordiscos, a palabras o a lo que hubiera hecho falta.

Mi abuela era así. No era la mujer más cariñosa de todas, pero cuando te daba un beso era el beso más de verdad del mundo. No era la más risueña, pero se reía por las cosas que de verdad merecían la pena. Y entonces el mundo brillaba un poco más. No era zalamera, pero cantaba mis virtudes allá donde iba. No me retenía a su lado, pero cuando me iba dejaba que algo dentro de ella muriera un poco, sabiendo que al regresar simplemente volvería a la vida.

Aquel día de aquel agosto embrujado por las hormonas, la pena y el despecho, mi abuela, esa mujer que vivió un amor sencillo y puro de los de para toda la vida, aprendió cómo se preparaba una infusión porque, fuera lo que fuera aquel extraño brebaje, ella sabía que yo confiaba en sus efectos curativos. Y eso bastaba, porque aunque ella fuera más de vaso de leche calentito y galletas tipo María pero cuadradas, siempre supo leerme el pensamiento y darme lo que necesitaba.

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Hoy, tantos años después, cuando ella ya no está aunque siga estando, me doy cuenta de que quizás fui egoísta al no disimular mi tristeza delante de ella, pues sé que mi sufrimiento le dolía más que si fuera propio. Porque aunque sabía muy bien cómo y cuándo hacerse la tonta, mi abuela siempre fue la más lista de la familia. Tenía ojos por todo el cuerpo y un radar infalible para detectar alteraciones en la atmósfera familiar. Y cuando el radar pitaba, ella se preocupaba, rezaba y te acompañaba en tu descenso a los infiernos para asegurarte de verte ascender de nuevo a tierra segura.

Hoy, algunos años después, me arrepiento de haberla hecho padecer entonces tanto como me alegro de hacerla feliz ahora. Porque sé que allí donde esté, se alegra de que si tuviéramos una noche de verano más juntas ya no harían falta infusiones y brindaríamos con Coca-Cola de marca blanca por lo feliz que soy. Y que ella sería de verme así.

Porque aunque a mí el amor de verdad no me encontró como a mi abuela, a los 15 y con la ilusión por estrenar mientras bailaba en la plaza del pueblo, me ha encontrado con el corazón regenerado y tan capaz de amar como si lo hiciera por primera vez. Y qué orgullosa está ella de saber que después de tantas tilas y lágrimas, he encontrado mi camino en unos ojos que me miran con el mismo amor incondicional que ella me regalaba cada día con algo tan sencillo como una mano en el brazo o una taza de leche caliente -y su correspondiente magdalena-.

Mi abuela, que ahora mismo está sonriendo porque nada merece más la pena que sonreír por amor, me enseño que el amor no tiene grados. Es o no es. Está o se ausenta. Y, sin embargo, hay mil formas de expresarlo. Hay quien es de besos y abrazos, quien prefiere hacerte reír para espantarte los demonios, o quien es más de escuchar y aconsejar, o hasta de rezar por ti. Hay muchas maneras de tender una mano, y sea cual sea la que escoja esa persona, cuando te quieren, se nota. ¿Lo notas?

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Rodney Smith

Sea quien sea esa persona en la que piensas, de la que dudas, de la que quizás no entiendes sus formas: piensa. Párate. Siéntelo. ¿Lo sientes? Si es que sí, agradécelo. Agradéceselo aunque pienses que tu lo harías diferente. Si es que no, pregunta. No todo el mundo sabe expresar el amor, y preguntar es siempre el camino más rápido hacia la verdad. Si la respuesta es un sí, dí gracias. Ayúdale a entenderte y entiéndelo. Si es un no, dí adiós. Cueste lo que cueste. La vida es demasiado corta para malgastarla donde no hay amor y allí donde menos lo esperas te aguarda un amor de baile en la plaza del pueblo, de vasos de leche caliente en la cama como los que te preparaba tu abuela. De pura devoción, exactamente como la que te mereces.

Piénsalo. Vívelo. Hazte feliz.

Y haz feliz a tu abuela allí donde esté ;).

 

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4 respuestas a “Amores de baile en la plaza del pueblo y vasos de leche caliente en la cama

  1. ¡Qué preciosidad de texto, Tejetintas! Siempre que paso por aquí me pasa que me veo reflejada en tus letras. Me ha encantado la descripción que has hecho de tu abuela, no la conozco pero creo que es imposible no quererla con estas palabras que le has dedicado. Mi abuelo es en cierta medida así, tampoco muestra abiertamente lo que siente ni me pregunta qué me pasa, pero siempre ha sabido estar ahí en los buenos y malos momentos de mi vida, apoyándome desde las sombras.
    Tienes toda la razón, la vida es demasiado corta para desperdiciarla sin agradecer a los demás lo que hacen por nosotros. Gracias, muchas gracias, por hacerme sentir y reflexionar. Siempre es un placer leerte…
    ¡Un abrazo rompecostillas! ❤

    1. ¡Hola, bonita! Muchas gracias como siempre por leer y reflexionar conmigo. Siempre es un placer verte por aquí. Te mando otro súper abrazo de vuelta. 🙂

  2. Lo importante es estar. Hay personas que parecen que lo hacen pero vuelan ante un problema y otras que te dejan volar pero están cuando más cuentan. Tu abuela en su experiencia lo sabía. Eso es lo que tienen en común todas las abuelas.

    Por cierto soy Pérfida
    Un saludo coleguita

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